viernes, 5 de septiembre de 2008

CUANDO DIOS SE EQUIVOCÓ AL CREAR EL MUNDO OPRIMIÓ CTRL+Z

A Anita

I

Todos los días la veo pasar. Ella llega siempre muy puntual a tomar el subte con los ojos llenos de silencio, con el tiempo en sus espaldas.

Siempre la observo desde lejos y no me atrevo a hablarle; cuando quiero intentarlo, algo me detiene, entonces le echo la culpa al destino y sigo mirándola; creo que yo tengo el silencio es en la boca.

Una vez, por ejemplo, estaba decidido a presentarme, a decirle que mi nombre era Juan David, y que desde hace algún tiempo no podía dejar de mirarla. Pero en esas llegó el subte y todo mundo empezó a empujar, como si así llegaran más rápido o el tiempo se detuviera.

Yo vendo tiquetes en la estación Florencia, y todos los días veo miles de personas desconocidas que llegan a mí con sus caras llenas de problemas, con sus miradas llenas de tiempo, con sus ojos de reloj.

No se por qué es el tiempo el que hoy en día gobierna, es más, no se porque somos temporales. Una explicación sencilla, podría apuntar a que “el tiempo es oro” y lo que gobierna hoy en día entonces es el oro…. Pero para qué el oro si somos temporales?, para que nos dé más tiempo?.

Ayer nada más, leí en el diario que un millonario tenía a su única hija de 8 años llena de cáncer y que ninguna cirugía la habida podido curar, que el cáncer la llevó a la muerte y que el millonario no pudo hacer algo. Creo que él también pensó que su dinero podría alargarle tiempo a su hija… personalmente, creo que perdió el tiempo.

También recordé eso que cuenta la gente, que un hombre viejo se había ganado la lotería y que al otro día se había muerto. La idea en principio causa risa, no lo niego… pero, Señores el tiempo se paga, no se compra!, entonces para qué el oro?.

En fin, yo sólo les doy un tiquete, un tiquete a su destino, o al menos eso pensaba.

II

Era la mañana de un lunes, estaba bastante gris y hacia mucho frío. Yo llegue puntual a mi despacho y comencé con lo que la gente llama: “una semana más de trabajo”.

Ese día Ella llegó más temprano de lo normal y a pesar de que siempre resulta molesto para mí llegar y encontrar una fila enorme, me dio mucho placer ver como la fila la encabezada Ella.

Luego de despachar los tiquetes de la fila que nunca terminaba, le pedí el favor a un muy buen amigo que trabajaba conmigo, que me reemplazara; que yo me encargaba cuando llegara de todo su turno. Él aceptó con cara de satisfacción, pues hoy precisamente se graduaba su hijo y el jefe le había negado el permiso de salir temprano para asistir a sus grados.

Apenas pude, corrí a alcanzar el subte en el que viajaría Ella. Digamos que por capricho de enamorado quería saber en qué estación se quedaba. Me senté al frente y a pesar de nunca cruzar miradas, la vi, creo que ese día la vi por primera vez.

Era muy nerviosa y eso no lo esperaba. Siempre pensé que las personas que tenían mirada baja, eran apacibles y calladas. Sin desilusión alguna, vi como se inclinaba a ver por la ventana y luego con sus manos temblorosas sacaba de su bolso un pequeño libro negro que no tenía título y comenzaba a escribir. Eso despertaba la curiosidad de todos los pasajeros, pues inquietos miraban por la ventana y lo único que veían era sombras. Muchos de ellos la miraban con cara de loca, y en ese momento comprendí, que los locos no tienen mirada.

Este hecho, a pesar de ser repetitivo como la señora del lado me lo confesó, era causante de muchos accidentes. Muchos de los pasajeros por estar mirándola, se les pasaba su estación, no contestaban sus teléfonos celulares, dejaban de leer desesperados sus notas de trabajo ó de clase, se les quedaban sus maletines adentro; con decirles que presencié como uno de ellos al salir, por poquito se le cierra la puerta con él en medio.

Ella en cambio si estaba muy concentrada en el lugar que debía bajarse, pues antes de que llegara a su estación, guardó el librito, se paró de su asiento y se dirigió de primera hacia la puerta.

Apenas se bajó me pasé para el asiento que Ella ocupaba y vi por la ventana como se perdía entre la multitud… en ese momento el silencio se me trasladó a los oídos pues un amigo que tenía al lado no hizo otra cosa que gritarme y no logré escucharle sino hasta que me dio una gran palmada en la espalda… Bueno al menos eso fue lo que me contó luego de acompañarme en el viaje de vuelta.

Les diré que no volví a saber nunca más de Sara hasta hoy. Sí, su nombre era Sara, lo supe porque hoy cuando llegue puntual a mi despacho me encontré con un sobre que me habían enviado. En él estaba aquel librito negro, sin título. Era su diario. Sara había muerto en un accidente de tránsito como me lo explico una nota adjunta del portero de su edificio. En ella decía que siempre me había visto, que siempre había querido hablarme pero que el afán se cruzaba siempre en el camino, que debía ser causa del destino… que me dejaba algo más valioso que cualquier palabra, una vida que hoy no tenía, una vida entre las sombras que había descubierto, un secreto entre silencios.

Ahora, leyendo su libro, el silencio se me sale por los ojos y se me desliza por el rostro. Nunca pensé que cargar tanto silencio iba a ser tan pesado como cargar oro… Hoy sólo me queda un mundo entre un bolsillo, un mundo entre sombras… más que suficiente.

1 comentarios:

Cirano dijo...

No entiendo muy bien la relación con el titulo, pero la historia aunque se basa en una idea tradicional de ver queriendo hablar y nunca atreverse... definitivamente está contada con un matiz de misterio y buenas palabras... desde la primera hasta la última me gustó.


Excelente... gracias